ATENCIÓN!! TODO LO AQUÍ RELATADO ES FICTICIO; CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES PURA COINCIDENCIA.
CAPÍTULO UNO
Vaya mierda.
Es la única frase que, sin ser del todo malsonante, consigue reunir el resultado de los últimos acontecimientos en mi vida.
Para empezar, no llevo ni diez semanas de curso en la facultad y ya me han suspendido. Corrijo: no llevo ni diez puñeteras semanas en la única facultad que me podían admitir con un mísero cinco como nota de selectividad, y ya me han suspendido. Y no una, sino dos veces. Pese a que en el colegio siempre he sido la primera de la clase en la asignatura de inglés, la señora White no comprende que es complicado pronunciar a nivel de nativa americana – su nivel –, más si lo que tienes que contarle es un trabalenguas, y más aún si tienes el labio roto. Bueno, no roto… pero sí un poco reventado. Y esto también tiene explicación: mi novio, Fer, empieza a impacientarse bastante con el tema del sexo. Ya llevamos saliendo más de un año, pero yo creo que aún no estoy preparada para dar ese paso. Se lo intento explicar una y otra vez, pero qué va, no hay manera. Y eso que creo que tengo unos muy buenos motivos.
En casa las cosas no van nada bien. Con todo ese asunto de mi desastroso comienzo de carrera, mi madre se puso hecha una furia, cosa que, he de añadir, no es nada extraño en ella. No sé explicar exactamente cómo es mi madre como madre, así que me apoyaré en un interesantísimo artículo que encontré hace unos días en una revista que venía con el periódico; mi madre es una “madre vampiro”. Es decir, mi progenitora se ve totalmente reflejada en mí, quiere suplir un determinado fracaso suyo con mis éxitos. Según aquel reportaje, mis fracasos la hunden y se siente de lo más culpable. Pero lo mismo sucede con mis éxitos, sean en el ámbito que sean; siempre se los atribuye – cuando tuve mi primera regla creo que incluso me hizo agradecérselo. Y lo más interesante de todo es que, en realidad, ese tipo de madres lo que sienten es envidia de todo lo que nosotras conseguimos y ellas no. Cuando terminé de leer la revista, me encontré mirando al horizonte y pensando que qué completo idiota habría estado espiándome durante los últimos diecinueve años de mi vida. Mi madre nunca terminó su carrera. Comenzó medicina, pero luego conoció a mi padre, se casaron y ella dejó los estudios, para poder dedicarse a ser la esposa “perfecta” de un marido perfecto y poder ocuparse de un hogar perfecto. Y creo que de ahí viene su obsesión por mis notas.
Nada más decírselo casi se puso a llorar, murmurando cosas en no se qué idioma, mientras me señalaba con el dedo acusador y luego extendía totalmente el brazo a su derecha. Cualquiera podría haber hecho suposiciones, pero yo sabía cuál era el significado real de aquellos gestos. Algo así como: “ya te dije que te esforzaras más, te lo advertí”, y “vas a ser tú la que se lo cuente a tu padre”.
Eso en realidad no suponía mayor problema, porque mi padre, pese a ser un hombre amante del orden y la claridad, siempre estaba más relajado que ella. Me refiero a que con mi padre sí que se podía hablar. Podía perfectamente explicárselo todo con calma, porque sabía que él sí que me entendería. Es cierto que me regañaría un poco – por aquello de no dejar a mi madre tirada –, pero me dedicaría palabras de ánimo. Y, de hecho, así fue.
Pero yo no contaba con la escasa paciencia y los arrebatos de genio de mi madre, quien tras percatarse de que mi padre, una vez más, me apoyaba a mí como buena estudiante que ha tenido un fallo corregible en vez de como una niña impertinente que sólo piensa en sí misma y que encima saca malas notas, armó un jaleo increíble. La consecuencia no fue del todo negativa, según desde qué punto de vista se mire. Yo me encontraba en el estudio, practicando el estúpido trabalenguas en inglés, cuando escuché un fuerte portazo. Me asomé al pasillo para ver quién había sido el causante y, cómo no, vi a mi madre. Pero llevaba una bolsa de viaje en la mano y se dirigía a la calle. Antes de salir por la puerta principal, se dio la vuelta y me miró con odio. No con rencor, ni tristeza, ni como cuando miras a alguien que se ha comido tu pastelito del desayuno, no. Con odio. Aunque mentalmente había soñado millones de veces con aquel momento, en ese instante fue como si una mano invisible me agarrara el estómago y me lo retorciera. Me dirigí al salón, y no pude contenerme las lágrimas.
Mi padre estaba sentado al lado de la chimenea, aún sin encender, rodeándose las piernas con los brazos y con la mirada perdida. Me acerqué lentamente y cabizbaja, temerosa de que me echara de allí, y me arrodillé a su lado. Permanecimos así una eternidad, pero finalmente me decidí a posar mi mano izquierda sobre su hombro, y él se estremeció. Me miró con los ojos llenos de lágrimas y nada más separar los labios, yo comencé a sollozar.
- Lo siento, papá… - no supe decir nada más, y le abracé.
- Me ha pedido el divorcio. Después de todo lo que he hecho por vosotras… y ahora ya no está. – y lo más increíble de todo es que no estaba dolido por el hecho de que su mujer acabara de abandonarle, no, sino por lo desagradecida que se había mostrado. Además, conociéndola, no creo que le hubiera dicho muchas lindeces. Seguramente habría explotado su papel de víctima hasta el límite.
- Pero papá, es mejor así, ¿no lo ves? – intenté animarle, mirándole a los ojos – Ahora estamos tú y yo, y podemos ir a comer hamburguesas y kebabs cuando nos apetezca…
Sé que puede parecer de lo más frío e insensible, pero sólo intentaba hacerle sonreír. Él no contestó. Se zafó de mis brazos y se levantó del suelo, dejándome allí. Atravesó todo el estudio rápidamente, y solamente cuando iba a cruzar la puerta, se detuvo. Sin volverse, me dijo:
- Mañana me voy a Madrid. Ella – lo dijo suspirando, como si le doliera mencionarla – me ha sugerido que me quede contigo, aunque no cree que te pueda aguantar lo suficiente. Así que nos veremos los fines de semana.
Ya se disponía a abandonar la estancia, cuando no me aguanté más, y empecé a llorar a moco tendido. No sabía qué decir, mi madre se había ido y, aunque eso personalmente me diera exactamente igual, me sentía fatal porque a mi padre se le veía realmente afectado.
- Por favor, papá… perdóname… sé que es culpa mía… pero yo no quería que sucediera esto… No me dejes aquí…
Se volvió completamente y me pilló secándome la nariz con la manga de mi vieja sudadera de los Lakers. Sonrió tristemente, y me respondió:
- No puedo llevarte conmigo, cariño. Además, confío en ti lo suficiente como para dejarte al cuidado de la casa. Pero prométeme que nada de fiestas, ni fornicio, ni fiestas de fornicio, ¿eh?
- Vale, papá. Nada de bacanales.
- Así me gusta. - y me dedicó una reconfortante sonrisa.
Por eso me gusta mi padre como padre; porque aunque esté triste o cabreado, siempre encuentra fuerzas para sonreír, bromear y hacerte sentir mejor. Es cierto que antes, cuando yo era pequeña y vivíamos en otro lugar, mi relación con mi padre era mucho mejor que ahora, pero sólo porque pasábamos juntos más tiempo. Cuando tengo un problema real, mi padre siempre está ahí para apoyarme y aconsejarme en todo lo que pueda. Y no lo hace nada mal, la verdad. Nada mal. No como ella. Todo eran tonterías que no cabían en la pequeña y perfecta burbuja rosa en la que vivía. Sí, a veces los adolescentes tenemos una serie de “problemas” que en realidad sí que son idioteces, pero hay otras cosas… otros problemas reales que una madre debería comprender, y debería prestar su apoyo incondicional. No derramar un par de lágrimas por cumplir y limitarse a darte una palmadita en la espalda.
Así que, aparte de mi doble suspenso, me he quedado sin madre – insisto, casi lo prefiero –, mi padre me ha dejado a mí sola al cargo de una gigantesca casa de dos pisos, y mi novio es un pulpo. Ah, ese es otro tema que he de tratar. El muy cerdo…
- Una tostadita con paté para la chica más guapa de toda la cafetería.
Álex se sobresaltó. Cada vez que escribía en el ordenador portátil se aislaba completamente, y era frecuente que volviera a la realidad dando un bote o tirando algo que estuviera en la mesa. Alzó la vista y se encontró con la mirada de Bruno, su mejor amigo. Un chico alto, ancho de espalda, moreno y con los ojos de color chocolate – al menos aquel día; era un aficionado a las lentillas de colores.
- Joder, Bruno, me has dado un susto de muerte. – dijo Álex cogiendo el plato con la tostada. Con doble ración de paté, como a ella le gustaba. Le daba muchísima rabia tener que raspar la tostada para poder llenarla por completo de paté. ¿No se daban cuenta los camareros de que con una cucharada – de las de postre – de paté no había suficiente para medio mollete?
- Como siempre, mi querida Fiona. – respondió sonriente. - ¿Sigues enfrascada en ese nuevo best-seller que te sacará de este humilde pueblucho y te hará volar hasta la ciudad de los rascacielos? – miró por encima del hombro de Álex, hacia la pantalla del portátil – ¿Otra vez poniendo a tu madre como la mala malísima? Cuando lo publiques es posible que se mosquee de verdad… Ah, y veo que aún sigues atascada en la parte de “mi novio es un pulpo cara aplastada que no hace más que intentar meter sus extremidades por debajo de mi falda”. – observó mientras acercaba sus dedos a la cara de Álex como si fueran tentáculos.
- Primero, no me llames Fiona – intentó quitarse los dedos de Bruno de la cara sin mucho éxito –, segundo, me da igual cómo se lo tome mi madre; si no le gusta, que le ponga flores. Y tercero, Fer no es ningún pulpo. Simplemente… no entiende del todo el significado de la palabra “no”.
Bruno comenzó a reírse y cerró la tapa del portátil.
- Anda, desayuna y vete a clase, que no vas a llegar a Lingüística.
- Si eres tan amable de traerme la leche manchada que te he pedido hace mil siglos, camarero de pacotilla, es posible que te haga caso.
- Hay que ver lo poco sensible que eres a veces, hija. – se llevó una mano al corazón, como si le hubieran dolido las palabras de su amiga. – Encima que te pongo doble ración de paté…
- ¡Venga, bobo! – dijo Álex golpeándole en el hombro cariñosamente.
- ¡Bruno! – una voz sobresalía de entre todo el ruido de la cafetería - ¿Se puede saber qué diablos haces? ¡Te pago por trabajar, no por charlar con chicas encantadoras! – Maika, el jefe de Bruno, era un hombre muy agradable, pero a veces tenía muy malas pulgas. Le llamaban así porque cuando se acercaba a algún cliente, fuera hombre, mujer o indefinido, él siempre decía: “¿Qué te pongo, maika?” y, como nadie sabía cuál era su nombre verdadero, todos le llamaban así. – ¡Tienes tres desayunos completos en la mesa dos, uno en la diez y el café de tu amiga esperando desde hace media hora en la barra!
Bruno no necesitaba realmente trabajar en la cafetería; sus padres, importantes abogados, se hacían cargo de sus estudios y gastos personales; él simplemente decía que ir de un lado a otro con la comida de la gente le distraía de pensar en cosas menos agradables. Cosa que Álex no entendía en absoluto, ya que el chico era el que mejores calificaciones obtenía en todas las asignaturas de su carrera, Historia del Arte. No sabía exactamente qué tipo de frustraciones podía tener Bruno porque, según él, la repentina idea de meterse en el ejército para darlo todo por la patria ya se le había pasado, y prefería ser un tranquilo egiptólogo sin mayores preocupaciones que descubrir tumbas malditas y tesoros de valor incalculable.
Decidió hacer caso a su amigo y asistir a Lingüística, lo más aburrido que podía ocurrírsele hacer en toda la mañana. Tras un intento fallido de pagar el desayuno (“lo siento, Fiona, no tengo cambio, así que me veo obligado a invitarte” y “me da igual que tengas justo el euro veinte que valen la tostada y el café, no tengo cambio”), recogió el ordenador y demás enseres y fue a los servicios para retocarse un poco antes de entrar en clase.
- Vaya pelos que traes hoy, Alejandra – murmuró cuando se miró al espejo.
Se intentó arreglar los rizos castaños que caían por sus hombros, pero estaban demasiado encrespados por la humedad, y se los recogió en una coleta mal hecha y reliada. Se fijó en la raíz del pelo, que ya empezaba a estar más oscura que el resto. Hacía más o menos un mes que había decidido quitarse el tinte negro que había llevado durante más de dos años; se tuvo que decolorar todo el pelo y luego teñírselo de un color que más o menos se asemejara al suyo natural, pero la peluquera no había sido lo suficientemente exacta con la tonalidad y se lo había puesto más claro. Genial; se tendría que gastar otros veinte euros de peluquería. Decidió que un marrón chocolate no le quedaría nada mal.
Sacó una pequeña polvera de la mochila de Converse donde llevaba los libros y cuadernos y se puso un poco de color en las mejillas. Aquella mañana no le había dado tiempo prácticamente a nada. Se había levantado demasiado tarde y no había podido ni desayunar ni maquillarse, así que cogió varios productos cosméticos al azar y los metió en la mochila. Álex miró en el bolsillo pequeño y se fijó en lo que se había traído: los polvos compactos, el rimel y un pequeño gloss transparente. Aquel rimel le parecía extremamente curioso; ya podías tener las más horribles pestañas del mundo que, si te lo sabías aplicar bien, podrías llegar a parecerte a alguna de esas modelos de los anuncios de la televisión. Además, agrandaban aún más sus ojos y resaltaba el color verde de éstos.
Echó un vistazo rápido al reloj de muñeca celeste que llevaba. Mierda. La clase acababa de empezar. Bueno, no creía que el señor Mood se fuera a enfadar con ella. Álex tenía la capacidad de resultar completamente convincente en sus excusas con los profesores. De hecho, el profesor de Teoría y Práctica se tragó con suma facilidad una historia fantástica sobre que su trabajo del abecedario se había extraviado en uno de los albergues en el Camino de Santiago. Se dirigió al aula de Lingüística con paso despreocupado, sin importarle mucho el tiempo que empleaba en el trayecto. Igualmente, los apuntes de primero los tenía todos en una carpeta en el ordenador; un alumno de segundo, David, le había ahorrado el tener que prestarle atención al aburrido profesor Mood. Sonrió para sí, pensando qué excusa pondría aquel día. “He perdido el autobús” era la única que se le ocurría y aún no la había utilizado esa semana, así que se despeinó un poco y se torció un poco la camisa – para que el profesor viera que había corrido para llegar a tiempo a la clase.
Se situó delante de la puerta y acercó la oreja para intentar escuchar algo. Sí, el murmullo de los alumnos antes de exponer un trabajo, hacer ejercicios o un examen. Examen… la palabra hizo eco en su cabeza. ¿Tenían examen ese día? Buscó su calendario de exámenes en la mochila, pero no hubo éxito. Recordó que se lo había dejado en casa de Fer, junto con el diccionario de Latín y el libro de Griego. Intentó visualizarlo, igualmente, pero no recordaba nada sobre un examen aquella semana. Confusa, golpeó dos veces la puerta, pero ni el murmullo cesó, ni nadie la instó a pasar. Asomó la cabeza al interior de la clase y todo el mundo se quedó en silencio, mirándola. Pero cuando vieron que era una alumna más, siguieron tirándose aviones de papel, maquillándose, hablando por el teléfono móvil y escuchando diferentes tipos de música en sus reproductores.
Álex se dirigió hacia su sitio habitual, al final de la clase, donde podía conectarse al Messenger y comprobar si tenía novedades en su Tuenti – una de esas redes sociales en Internet –con tranquilidad. Sara, la única compañera de clase a la que no consideraba una lameculos impertinente, le había guardado un asiento a su lado. Levantó la cabeza a modo de saludo, y ella hizo lo mismo.
- ¿Cómo es que no ha llegado aún el profesor Mood? – preguntó Álex.
- No tengo ni la más remota idea. – dijo, encogiéndose de hombros - ¿Ha pasado ya algo con Fer? – sonrió de manera picarona.
- Cierra el pico y no me lo menciones… es un cerdo. – le espetó Álex. Cada vez que se acordaba de Fer se ponía de mal humor. – Si no cambia le voy a tener que dejar… no sé… ya no es lo mismo que antes.
- Mejor así. La verdad es que no se te ve muy enamorada… - se calló al percatarse de que, realmente, Álex quería que dejara de hablar sobre el tema. La chica no era muy avispada, pero sabía distinguir una mirada asesina cuando la víctima era ella.
El profesor Mood llegó con quince minutos de retraso, con muy mala cara. Debía estar enfermo, como casi todos aquellos días. Álex sacó el portátil de su cartera y continuó escribiendo aquel libro que la llevaría a la fama. Era lo que más anhelaba en la vida; poder ir a cualquier tienda – ya fuera una gran superficie o una pequeña librería recóndita en un callejón oscuro por el que no pasara ni un alma –, y ver su escrito publicado.
Había tenido todo tipo de aspiraciones; cuando era pequeña, quería ser una princesa de cuento de hadas. Luego, quería ser cantante y actriz. Según la época que fuera, iba variando de una profesión a otra. Cuando llegó a la secundaria quería ser médico, como su abuelo Juan, pero ya empezaba a sentir la voz de la escritora que llevaba dentro – eso decía ella –. Descubrió que la sangre no era uno de sus puntos fuertes, al menos no la real. La sangre que te chupaba un vampiro o la que veía en películas de terror o gore, la soportaba fácilmente. Es más, le encantaba. Decidió pues, estudiar asignaturas relacionadas con la tecnología – Dibujo Técnico, Matemáticas y Física –, pero las suspendió dos de los trimestres, y se olvidó de compartir estudio con su tío el arquitecto. Finalmente, antes de pasar a bachillerato, decidió meterse por la rama de humanidades – Latín, Griego e Historia del Arte. Aquella fue la correcta, y se imaginó a sí misma impartiendo clases en su colegio de toda la vida a adolescentes descerebrados y con las hormonas revolucionadas. Vale, del todo no estaba convencida. Pero, en primero de bachiller, llegó una profesora nueva que impartía Lengua Castellana e Inglés. Fátima, se llamaba. Álex atendía a sus explicaciones totalmente anonadada. Era tal la pasión y la energía que transmitía en cada una de las sesiones, que Álex deseó realmente parecerse a ella de mayor. Por eso se había metido en la carrera de Filología; eran unos estudios que, posteriormente, le permitirían transmitir sus conocimientos a otras personas, e incluso, motivar a alguien como ella. Y, en esa carrera, también aprendería a curtir su estilo a la hora de escribir, estudiando una gran cantidad de autores y movimientos literarios. Su mejor amiga, Clara, cada vez que escuchaba las motivaciones de Álex, se llevaba las manos a la cabeza, y le decía cosas como: “¿por qué eres tan friki?” o “ya estamos con la mujer vocacional”… pero Álex sabía que lo decía en broma y que no era ningún bicho raro por tener un poco más de sensibilidad que las niñas de papá cuyo vocabulario se limitaba a “o sea”, “tía” y “qué fuerte me parece”.
Hasta aquí el "capítulo piloto" =P
El domingo que viene, más =)
dioooooos! me encantaaaa! bueno aunque como todas tus historias!Sin duda, esto es lo tuyoo.
ResponderEliminarSube mass xfaaa:)